La bisexualidad y la aceptación condicionada
30.06.2021
Por Felipe Galli

La semana del Orgullo es un período para que los integrantes de la diversidad celebremos y nos felicitemos por las conquistas logradas en los últimos años, pero también para reflexionar y comprender qué es lo que nos está faltando, en qué podemos mejorar, y hacia dónde debemos enfocar nuestras luchas. Me gustaría entonces dedicar este apartado a hablar de algunos de los prejuicios que todavía enfrentamos las personas bisexuales, uno de los sectores más apartados del colectivo.
Una vez conocí a un chico. Era gay. Tuvimos una charla muy interesante, con tono sugerente incluido, hasta que expresó su opinión respecto a la bisexualidad. Ahí fue cuando todo mi interés se fue volando a la Antártida. ¿Qué dijo? Entre otras cosas no tan agradables, el punto en cuestión de lo que escribo: "que nosotros la tenemos más fácil".
Quien lea esto puede interpretar que es una nimiedad, que no valía la pena enojarse tanto por eso. Procedo entonces a explicar mi punto.
La idea de que ser bisexual es "más fácil" anticipa muchas incoherencias e ignorancias. Dichas incoherencias son el principal aspecto de la invisibilización, que es a su vez el eje troncal de la bifobia. A lo que este chico en particular (que todavía no salía del ropero) se refería, era a que, supuestamente, para los bisexuales es más fácil decirles sobre su orientación a sus padres, familiares y amigos. Aunque me fue imposible hacerle ver lo contrario, resulta demasiado obvio que esto no es así. La realidad es que para los bisexuales salir del ropero resulta mucho más complicado, por lo menos en términos generales (porque cada historia es distinta).
Vamos por partes. Aunque ser bisexual no es ni mucho menos "estar confundido" (otra vieja confiable de la lista de comentarios bífobos), darse cuenta uno mismo de que se es bisexual sí resulta increíblemente confuso. Con las variables de cada uno, nos damos cuenta de que nos gusta alguien del mismo sexo o del sexo opuesto, y como la aparición de una atracción no hace desaparecer la otra, el escenario resulta angustiante y extraño, maxime si desconocemos la existencia de la palabra "bisexual", algo que efectivamente ocurre.
Lo anterior nos lleva al siguiente punto. Una vez que asimilamos la orientación (suponiendo que hayamos podido) toca la parte de salir del ropero (si decidimos hacerlo) y contárselo a alguien más. Prácticamente todo el mundo sabe lo que es ser gay o lesbiana. Si un hijo o hija sienta a sus padres y les dice "soy gay/lesbiana", ellos sabrán perfectamente de qué está hablando. Puede que lo acepten, puede que lo rechacen, puede que reaccionen con amor o con violencia, pero es un escenario previsible y sin anestesia. No hay dudas, no hay falta de comprensión verbal. Lo dijiste, y ya pasó.
Para salir del ropero como bisexual se requiere estar preparado para responder preguntas difíciles (que a veces ni siquiera nosotros sabemos responder) y por lo tanto el acto va a acompañado de una preparación logística mucho más compleja.
Existe la tendencia a creer que los bisexuales, aún si les fuera más difícil asumirse, encuentran menos rechazo y tienen más posibilidades de ser aceptados por sus padres, familiares y amigos, y ahí es donde radica la supuesta “facilidad”.
Cuidado, muchísimo cuidado con semejante afirmación. Porque mientras que no es del todo carente de fundamento, padece de graves equívocos. A la par de los conocidos que aceptarán a la persona y los que la rechazarán, surge un tercer grupo en el medio (quizá más peligroso que el segundo) que es el de la "aceptación condicionada".
En efecto, muchos padres (o amigos o familiares de otro tipo) una vez que entiendan el concepto de "bisexual", abrazarán a su hijo o hija, le dirán que está todo bien, que mientras sea feliz no tiene de qué preocuparse, y será una escena sentimental maravillosa, pero efímera y enferma por una hipocresía. Por la mente de estas personas pasará el siguiente pensamiento: "Bueno, es bisexual… pero por lo menos no es gay".
La "aceptación condicionada" no es una aceptación real, pues en realidad la tranquilidad al respecto de estas personas proviene no de la plena asimilación de la orientación, sino de la esperanza velada de que esta persona, siendo bisexual, entable una relación seria con alguien del sexo opuesto y lleve una "vida heterosexual", en la que la idea de su bisexualidad sea solo un "recuerdo" y no un hecho cotidiano con el que lidiar.
Para varios padres esto sería, por supuesto, un escenario ideal, pero como todos los escenarios ideales, no siempre se dan en la práctica. Cuando se ponga de manifiesto que tal "esperanza" no necesariamente se cumplirá, surgirán los choques, problemas y sobre todo, las presiones, que derrumbarán la adorable escena anterior.
Dichas presiones, sobre todo si la persona bisexual se da cuenta de las mismas, pueden resultar agobiantes y desembocar en algo que a una persona gay difícilmente le ocurrirá. Empezará por no informar a sus familiares si tiene una relación seria con alguien de su mismo sexo, le dará vergüenza la idea de presentar a su pareja, buscará salir con personas del sexo opuesto solo para complacer a los "aceptadores condicionales" y, antes siquiera de darse cuenta, estará de nuevo en el ropero, y todo lo pasado previamente habrá sido en vano.
El gay fuera del ropero ya está afuera para las personas con las que salió, el bisexual, en contraste, tendrá que salir quizá varias veces con las mismas personas. Es esta disparidad la que pone a los bisexuales en enorme desventaja ante el resto de la comunidad LGBT+. Trans, no binarios, inter, gays y lesbianas, entre otros, salen y listo. El ropero de los bisexuales es, por su parte, quizás el único reversible.
Recibir una aceptación a medias no hace las cosas más fáciles para nosotros, ni mucho menos. Y estoy seguro de que habría estado mejor sin escuchar un comentario tan ignorante y una explicación tan pobre. En definitiva, debemos desde el colectivo alentar al conocimiento y a al autoaceptación, para después luchar por el derecho al respeto, la visibilidad y la aceptación real e incondicional que nos merecemos.